sábado, 10 de diciembre de 2011

Alicia

Subes la persiana, abres la ventana y respiras. Te sentías asfixiado. Hueles a humedad y a tierra mojada. El aire te sopla en el rostro aclarando las ideas, los pensamientos. Abres los ojos y no encuentras nada, apenas unas sombras que asoman entre la niebla. A medida que pasan los minutos tus ojos se acostumbran, empiezas a observar los árboles más cercanos, sus hojas apagadas dejan paso al otoño después de un largo año... ya era hora ¿no? Es necesario que algunos árboles muden las hojas como es necesario mudar de ambientes, o es que no cansa estar siempre en los mismos sitios, comer lo mismo, ver las mismas series, ver a la misma gente... O simplemente no verla nunca. Quizás había llegado el momento de cambiar. Pero no tengo ganas de estar con nadie. No sabes esa sensación de querer estar solo, con o sin motivos, pero que haya siempre alguien incordiando, alguien que por más que intentas aislarte siempre consigue que pienses en ello. Y sí, digo "ello" porque no siempre se tiene razón de querer estar solo, pero cuando la tienes lo único que intentas es no pensarlo; concentrar todo tu ser en no dedicarle un momento, ni tan solo un minuto, ya que si lo haces podrías llegar a sentirte fatal.


Con todo, hay personas a las cuales les gusta tener esa sensación de malestar, no por placer ni mucho menos, sino porque les gusta recordar aquello que las hiere para no volver a repetir las acciones que les han llevado a esa situación de angustia. Pues bien, yo soy una de esas personas.



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